En demasiadas ocasiones, tanto en el ámbito técnico como en la vida social, se opta por soluciones rápidas que no resuelven el verdadero origen de los problemas. Desde mi experiencia como técnico en instalaciones eléctricas y en suministros básicos como agua, gas y electricidad, he comprobado que detrás de cada avería existe siempre una causa principal que debe ser identificada y corregida. Sin embargo, no es raro encontrar diagnósticos erróneos realizados por supuestos especialistas que, por falta de análisis o conocimiento, se limitan a tratar los síntomas y no el problema real.

Este enfoque resulta cómodo y rentable para muchas empresas: sustituir una pieza es rápido, genera beneficios y aparenta ser una solución definitiva. No obstante, cuando la causa raíz no se corrige, el fallo vuelve a aparecer. Y lo peor de todo es que en la mayoría de los casos es porque hay una obsolescencia programada por parte del fabricante, bajando la calidad en acabados y reduciendo la electrónica en su durabilidad.

Esta forma de actuar no es exclusiva del ámbito técnico; se repite constantemente en cuestiones tan relevantes como la salud, el cambio climático, las guerras, el hambre o la economía global.

Todos estos problemas comparten un elemento común: existe una causa profunda que, si se afrontara con valentía y responsabilidad, permitiría resolver múltiples consecuencias de una sola vez. A este proceso de análisis y corrección estructural podríamos denominarlo reconstrucción. Sin embargo, la sociedad suele limitarse a repetir los mismos patrones aprendidos, incluso cuando estos han demostrado ser ineficaces.

Reconstruir implica aprender de los errores, cuestionar los modelos establecidos y crear nuevos hábitos orientados al respeto por el medio ambiente, la dignidad humana y el bien común. No se trata de soluciones complejas, sino de decisiones coherentes. El cambio climático, por ejemplo, podría mitigarse de forma significativa reduciendo el consumo innecesario y promoviendo un uso responsable de los recursos.

Las guerras perderían su razón de ser si no existiera la industria armamentística ni ejércitos destinados a sostener conflictos. El hambre podría combatirse eficazmente mediante la creación de empleo y el impulso económico en los países más afectados, fomentando la autosuficiencia en lugar de la dependencia.

En el ámbito económico, la situación no es distinta. Si la conciencia y la coherencia guiaran las decisiones de quienes gobiernan, muchos de los problemas actuales desaparecerían. Una economía basada en el bien común permitiría que la riqueza se distribuyera de manera más justa, en lugar de concentrarse en manos de unos pocos que priorizan únicamente sus intereses particulares.

En definitiva, mientras sigamos atacando los síntomas y no la raíz de los problemas, estos seguirán repitiéndose. Solo mediante un cambio profundo de enfoque, basado en el análisis, la responsabilidad y la reconstrucción, será posible avanzar hacia una sociedad más justa, sostenible y equilibrada.

El futuro está en nuestras manos si tú cambias todo cambia. El mundo será del modo en que lo vean tus ojos y no como te lo quieran hacer ver.
By genio.
