![]() | El artista no crea para llegar, crea para permanecer. No busca el final, sino el gesto; no persigue el resultado, sino el latido que ocurre mientras sus manos, su voz o su pensamiento dan forma a lo invisible. Su obra no es un objeto: es un tránsito. Por eso el artista habita el tiempo de otro modo, más lento, más hondo, más cercano a lo esencial. Mientras el mundo avanza impulsado por metas y certezas, el artista se detiene en el camino. Allí encuentra sentido. Crea sin promesa de utilidad, sin garantía de recompensa, movido únicamente por el amor a la belleza y por la necesidad íntima de expresarla. En ese acto, el hacer se vuelve contemplación y el esfuerzo se transforma en gozo. Crear es, para él, una forma de estar espiritualmente despierto. Quienes no crean así suelen vivir de cara al final. Caminan esperando llegar, convencidos de que el sentido aguarda más adelante. Pero el final, cuando llega, es breve y silencioso, y deja tras de sí una extraña sensación de vacío. El camino, ignorado, no devuelve lo que no se le ofreció. Tal vez el arte no sea un privilegio de unos pocos, sino un recordatorio: la vida no pide ser alcanzada, sino vivida. Y solo cuando aprendemos a amar el proceso, cuando dejamos de exigirle un destino, el vacío comienza, poco a poco, a desaparecer. |

