

- No quiero que me llamen así por provocación, sino por consecuencia.
Me levanto cuando aún no ha despertado la ciudad, no por disciplina sino por urgencia. Escribo porque pensar se ha vuelto un acto de resistencia. Escribo para sacar a la superficie lo que el subconsciente esconde y el sistema prefiere callado. No busco aplausos: busco fisuras en la conciencia, grietas por donde vuelva a entrar la luz.
Vivimos anestesiados. No por ignorancia, sino por saturación. Pantallas, ruido, entretenimiento infinito. El sofá se ha convertido en trinchera y Netflix en ideología. El problema no es el descanso, es la renuncia. El voltaje vital del ser humano ha sido reducido al mínimo necesario para no rebelarse.
Esperar que el cambio venga desde arriba no es ingenuidad, es complicidad. El poder no duerme: observa. Se alimenta de nuestra pasividad, de nuestro miedo a perder lo poco que tenemos. Nos enseñaron a confundir estabilidad con sumisión y comodidad con felicidad.
Llaman democracia a un sistema donde elegir no significa decidir. Una dictadura suave, sin uniformes ni golpes, pero con deudas, miedo y silencio. Sus pilares no son sólidos: están hechos de mentira estructural, de avaricia normalizada y de la sangre invisible de quienes sostienen todo sin recibir nada.
Tal vez no veamos la caída, pero eso no nos absuelve. Cada generación es juzgada por lo que tolera. No estamos aquí para heredar el mundo intacto, sino para empujarlo hacia adelante, aunque duela, aunque tiemble.
La verdadera pregunta no es política, es existencial:
¿Vas a vivir como espectador o como responsable?
¿Vas a seguir sentado, o vas a levantarte sabiendo que pensar, incomodar y actuar tiene un precio… y aun así hacerlo?
