Anandamida: testimonio de un reset interno.

 Un samadhi en el siglo XXI  el despertar de GAIROS

Mi vida parecía feliz. Desde fuera, todo encajaba. Trabajo, proyectos, empresas, responsabilidades. Movimiento constante. Productividad. Reconocimiento.

Pero no estaba viviendo.
Estaba sobreviviendo.

Durante más de veinte años trabajé como autónomo, levanté varias empresas y convertí el estrés en mi estado natural. Mi mente no descansaba nunca. Pensamientos de día, pensamientos de noche. Una maquinaria encendida las veinticuatro horas. Y la mente, como cualquier músculo, si no se detiene… se rompe.

El precio fue silencioso pero devastador: pérdida de salud, de propósito, de conexión conmigo mismo. Me desconecté de mi propia naturaleza sin darme cuenta. Luchaba contra la corriente creyendo que nadaba hacia el éxito.

Hasta que el cuerpo dijo basta.

A los 45 años me alcanzó una crisis existencial que no pidió permiso. Una noche no pude dormir. Me quedé en vela mientras toda mi vida pasaba frente a mí como una película. Escena tras escena. Decisiones. Ausencias. Prioridades equivocadas.

Puse todo sobre una mesa imaginaria:
¿qué era realmente importante?
¿qué debía desaparecer?

Y lo vi con una claridad brutal: la salud. Mi familia. Mi entorno cercano. Todo aquello que había relegado por obedecer el ritmo fanático de una sociedad que exige producir, aparentar, competir.

Aquella noche solté.
Solté el control.
Solté el miedo.

Empecé a respirar diferente. Profundo. Consciente. Y entonces ocurrió.

 

Una paz desconocida invadió mi cuerpo. Un hormigueo recorría mi piel como si algo me estuviera reparando desde dentro. Tenía acceso a toda mi vida con una lucidez absoluta. No había ruido. Solo comprensión.

Al amanecer, era otro.

Sentía una calma sólida, una seguridad que nunca había experimentado. Una conexión con algo superior —llámalo conciencia, energía, Dios— que me susurraba que todo iba a estar bien.

El aire se sentía distinto.
La luz era más intensa.
Las personas… vibraban.

Percibía energías. Sensaciones sutiles que antes estaban ocultas. Era como si me hubieran arrancado capas acumuladas durante décadas. Volvía a sentir la vida sin filtros. Sin armaduras.

Los días siguientes fueron los más extraordinarios de mi existencia.

Me sentía como un niño redescubriendo el mundo. Disfrutaba cada gesto, cada palabra, cada silencio. Lo simple tenía magia. El ego se desvaneció. Me sentía acompañado, sostenido, guiado.

Y comprendí algo que me atravesó el alma:
Si todos pudiéramos sentir esto… el mundo sería distinto.

Pero no estaba solo.

Mi familia comenzó a asustarse. Mi entusiasmo era intenso. Dormía apenas cuatro horas. Me despertaba en la madrugada con una necesidad irrefrenable de escribir. Sentía que tenía que contarlo. Que era urgente. Que era verdad.

Me llevaron al hospital.

Durante horas intenté explicar lo que estaba viviendo. Decía que mis sentidos estaban más vivos, que mi percepción había cambiado, que no estaba alterado… estaba lúcido. Profundamente lúcido.

Pero escuché palabras que me devolvieron de golpe a la dureza del sistema:
“Cuadro maníaco.”
“Ingreso.”
“Medicación.”

Cortaron el proceso.
Apagaron la experiencia.

Estuve casi un mes hospitalizado. Allí me sentí reducido a un número. Poco diálogo. Poca escucha. Ninguna investigación sobre el origen. Solo parchear, silenciar, estabilizar.

Salí con una sensación amarga: nadie quiso comprender lo que había ocurrido. Solo neutralizarlo.

Dos semanas después decidí dejar la medicación. No desde la rebeldía, sino desde la convicción de que había algo más profundo que entender. Me prometí encontrar la verdad.

Durante año y medio me sumergí en la psicología, la neurociencia, la espiritualidad, la conciencia. Leí, escuché, investigué. Quería unir ciencia y experiencia. No rechazar nada, sino integrar.

Y entonces apareció una palabra que encendió una luz: anandamida. La escuché mencionar a Borja Vilaseca. La llaman “la molécula de la felicidad”, relacionada con estados de bienestar profundo y expansión de conciencia.

No sé si fue exactamente eso lo que viví. Pero sentí que esa palabra cerraba un círculo. Como la última pieza de un rompecabezas.

Hoy no vivo en aquel estado extremo.
Pero tampoco he vuelto a ser el mismo.

He aprendido a respirar conscientemente.
A observar mis pensamientos sin dejarme arrastrar.
A mantener mi centro.
A vivir sin que lo externo gobierne mi paz.

La calma dejó de ser un accidente.
Se convirtió en mi naturaleza.

Creo que el ser humano posee un potencial inmenso. Que dentro de nosotros existen mecanismos naturales de sanación y expansión que aún no comprendemos del todo. Y también creo que como sociedad tenemos miedo a lo que no podemos medir ni controlar.

No afirmo tener la verdad absoluta.
Pero sí tengo una certeza: lo que viví fue real.

 

Y si algo así puede despertar en alguien más, si una sola persona logra escucharse antes de romperse, entonces todo este dolor habrá tenido sentido.

El cambio no vendrá desde arriba.
Vendrá desde dentro.
Desde la conciencia individual que decide dejar de sobrevivir para empezar a vivir.

Porque quizá el verdadero “reset” no es químico.
Es rendirse.
Es soltar.
Es recordar quién eres cuando el ruido se apaga.

Medicina tradicional China

Gairos guardian del equilibrio

Proposito: La nueva era