El viaje de Gairos
Mi nombre es Gairos, y durante mucho tiempo creí ser como todos los demás.
Vivía una vida sencilla, intentando hacerlo bien, caminando por los mismos senderos que recorría la mayoría. Hasta que un día, sin previo aviso, el mundo se quebró. Una crisis profunda atravesó mi cuerpo y mi mente, y cuando todo parecía desvanecerse, una fuerza que no supe nombrar vino a buscarme. No fue violenta ni oscura; al contrario, me envolvió una calma antigua, como si regresara a un lugar que siempre había sido mío.
Entonces dejé el cuerpo atrás.
Mi ser se desprendió del peso de la carne y voló más allá del cielo, más allá del tiempo, hasta los confines del universo. Desde allí observé mi vida como quien mira un río desde lo alto: cada decisión, cada miedo, cada amor. Vi también a la humanidad retroceder miles de años, repitiendo los mismos errores, girando una y otra vez en un ciclo de guerras, hambre, odio y temor.
Miré hacia el futuro… y aparté la mirada. No porque no existiera, sino porque comprendí que aún podía cambiar. Visión futuro subjetivo:
Desde aquel lugar entendí algo esencial: la vida no era aquello que habíamos construido. No sabíamos vivir, solo sobrevivir. Corríamos sin saber hacia dónde, olvidando que nuestra existencia, comparada con la edad de la Tierra, no era más que un pestañeo.
Y un pestañeo puede ser luz o puede ser sombra.
Cada vida es una película breve. Algunos la dejan pasar en blanco y negro, sin música, sin emoción. Otros deciden ponerle banda sonora, llenar cada escena de sentido, aun sabiendo que el final es inevitable. Porque nadie sabe cuándo dejará de rodar la cinta.
Desde fuera, la Tierra era hermosa. No existía la prisa ni el miedo, ni el ruido constante que ahoga los corazones humanos. Pero no podía quedarme allí. Abajo quedaban mis amigos, mi familia, y aquellos que aún no habían nacido. Almas futuras que merecían algo más que aprender a resistir; merecían aprender a vivir.
Así que regresé.
Volví a la realidad con un propósito: ofrecer herramientas, abrir caminos, invitar a quienes estuvieran dispuestos a mirar hacia dentro. Porque el verdadero reino no se encuentra en el cielo ni en los templos, sino en el interior de cada ser.
No seguí a gurús, ni pedí que me siguieran. No fundé religiones ni proclamé verdades absolutas. Solo recordé una verdad sencilla: la divinidad no habita fuera, sino dentro.
Ahora me pregunto, mientras cuento esta historia:
¿Cuántos están dispuestos a ver el mundo con otros ojos?
